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En 1953, cerca de Arloff (Alemania), se exhumó un objeto de bronce de cinco centímetros. Ingresó en el Rheinisches Landesmuseum de Bonn clasificado como un dodecaedro romano y así permaneció durante cuatro décadas. Hasta que un matemático reparó en algo decisivo: aquel objeto no tenía doce caras, sino veinte.
Este icosaedro es el único ejemplar completo hallado hasta la fecha.
Sin explicar qué relación tiene esta singular pieza de bronce con los famosos dodecaedros romanos, cualquier teoría al respecto queda mutilada e incompleta desde su propia base.
Lo que este libro explica pormenorizadamente es cómo funcionaba el sistema que ambos objetos formaban. El icosaedro como instrumento maestro de calibración; los dodecaedros como herramientas de ejecución local. Juntos permitieron determinar los hitos celestes que estructuraban el calendario en unas provincias donde el tiempo era a la vez un asunto de Estado y un campo de batalla cultural.
Esta hipótesis demuestra que la misteriosa variabilidad de sus agujeros era, precisamente, la prueba de su función. Y, con ella, los enigmas sobre su geometría, su distribución geográfica, sus diversos tamaños, las aleaciones empleadas, el silencio documental o su protocolo de uso... quedan totalmente resueltos.
Sea usted, estimado lector, quien decida si el enigma sigue en pie.
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